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Viernes Santo

Había despuntado la mañana y olía a cera derretida en la plaza de Viriato, cerca de los cirios que habían iluminado las notas del miserere.

El muchacho enfundado en una túnica; imaginaria; de Laval, recorría el largo pasillo de la casa de la abuela.
Interpretaba las marchas de la madrugada; una tras otra; ora imaginando el Cinco de Copas, la Caída o Redención; ora imaginando la Verónica las Tres Marías o la Agonía.

Simulaba los redobles de tambor y la filigrana de una trompeta.
Silencio…,… se escucha el Merlú y el muchacho simula el levantamiento del Cinco de Copas plagiando al sayón, con escobón que imita la lanza y el dedo índice, el dedo acusador, extendido señalando el mirador que se abre a la plaza de Viriato.

La abuela de cara redonda subiendo por el pasillo, otra vez hacia el mirador: despacio, lentamente y solo viendo sin poder oír nada, mira al nieto y le pregunta -¿Hijo no te gusta más el Santo Entierro?- y el muchacho sin dejar de tatarear Thalberg y sin perder la postura del sayón conductor asiente con la cabeza con gesto de ilusión.

Ya llega el muchacho al salón y dando la vuelta a los cuarenta metros cuadrados imagina que es la plaza mayor y echa el resto como si fuera cualquier cargador sudoroso y cansado.

El joven fotógrafo despierta de su sueño acariciado por el sol de la mañana de Viernes Santo en uno de los balcones del ayuntamiento; el antiguo edificio de las Panaderas.

Le ha despertado el estruendo de cornetas y tambores y los toques destemplados de tambor que anuncian el fondo en la estrechez de la calle Renova.

Levanta los ojos y se encuentra con él, solo, de luto, cansado. El cofrade, el juez solitario que inmortaliza en celuloide la para posteridad.

Jesús Salvador Cecilio
" El Itinerario"


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