Ir al Contenido

Un Sueño Cumplido

Un Sueño Cumplido

Tras largos años de insistencia por parte de amigos y familiares, he decidido, este año, trasladar mis vivencias de la Semana de Pasión a esta ciudad de Zamora.
Son las nueve de la mañana. Hace escasas horas que he puesto los pies en esta tierra y estoy impaciente por vivir aquí una mañana de Viernes Santo. Tener otras vivencias, conocer a otros cofrades y comparar lo que ellos viven con lo que siente yo.
Voy subiendo una calle, y a lo lejos se escuchan sonidos de cornetas y tambores. Estoy nervioso. Mi corazón se acelera. Son sonidos familiares para mi, sonidos dulces que, por un momento, se agolpan en mi cabeza y me hacen añorar la túnica negra y el capirote celeste que se quedaron colgados en la percha de mi cuarto y que he vestido desde pequeño.
¡Un aire de alegría desbordante se respira esta mañana! Aire que confirma la grata presencia de un frio, pero esplendido, día soleado con un cielo azul intenso. Aire de primavera. Aire zamorano. Aire de Plaza Mayor. Aire de ilusión de niño. Aire de mañana de Viernes Santo.
Si luminoso nació el día con el resplandeciente Sol que nos regala una vez más, aun mas radiante seria horas después cuando, antes de traspasar el meridiano la aguja de mi reloj, se llena Zamora, ante mis ojos, de caperuces negros, de cruces de madera negra al hombro, de toques de Merlú, de banda de cornetas y tambores, de cargadores con tradición, casta y amor a la hermandad y de bandas de música. Zamora se inunda de acordes de la marcha fúnebre de Thalberg y sobre todo, de fieles que esperan la llegada de la bellísima y querida Virgen de la Soledad, ante la atenta mirada del numeroso público, entre el cual yo me encuentro. ¡Que distinto me parece todo!
¡Pero este día es tan grande! Más que cualquier otro. Es el día esperado. El soñado por quienes algún tiempo atrás se convirtieron en nazareno de Zamora por la gracia de Dios, introducidos en este mundo por aquellos que les enseñaron a caminar.
De repente compruebo, que de nuevo se cumple un sueño: una nueva vida que resplandece por su dulzura, hace más grande la mañana del Viernes Santo. Un pequeño nazarenito de apenas dos años viste su primera túnica, aquella que su padre estreno, haciendo así, que la tradición continúe en los hijos de Zamora.
La pequeña túnica, había estado colgada, como la mía, de una percha en el salón, perfectamente planchada durante los último días con el mimo de una madre, llamando la atención del niño que iba a vestirla en la mañana de un día como el de hoy. El día del estreno. El día en que por primera vez salía en una procesión, en la misma cofradía a la que pertenecía toda su familia.
El sueño se repite cumplido en cada familia, año tras año. Es la ilusión de cada padre, de cada madre, de cada abuelo al ver que las generaciones venideras van sembrando de esperanza el futuro de las hermandades y de la Semana Santa. La misma que sintió este cofrade que les habla, en su tierra natal, hace muchos años y que hoy revive al visitar esta tierra. Sentimientos encontrados, añoranza de lo hasta ahora conocido y sorpresa, al reconocer estos mismos sentimientos en otras calles, en otro entorno, con otro ambiente, pero al final los mismos sentimientos. He de confesar que me costó separarme de Mis Titulares, pero una vez aquí, me veo sobrecogido por los valores de una ciudad tan diferente de la mía. Cambia la luz, la gente, la manera de pensar y hasta la temperatura, que como he podido comprobar dista mucho de lo que estoy acostumbrado, donde todo es luz, alegría y fiesta frente al recogimiento, austeridad y silencio que aquí respiro. Pero aunque no lo parezca, al final son las mismas emociones vividas de distinta manera, sensaciones que percibo cuando miro el rostro de la Imagen que tengo delante o el de mi Virgen de la Soledad de S. Pablo.


Maximiano Baena López
Hermano de la cofradía del Santo Traslado y Nuestra Señora de la Soledad de San Pablo de Málaga.

Contador de visitas y estadísticas

Regresar al contenido | Regresar al menú principal