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Miles de Nazarenos Acompañaron a Jesús en su Camino hacia el Calvario de las Tres Cruces

Jesús Nazareno subió en la madrugada del Viernes Santo al Calvario de las Tres Cruces acompañado de miles de hermanos de La Congregación. Y se hizo cierto el milagro de una ciudad que no duerme, esperando apostada a las puertas de San Juan a que el reloj marcase las cinco en punto de la madrugada y arrancase la procesión del pueblo llano, la de los cargadores en la mañana de los cargadores. La de la túnica leve y el caperuz romo, la de las almendras y las sopas, la de la reverencia a la Madre y las cruces en alto para saludarla y despedirla. La del Merlú y Thalberg. Zamora entera se echó a la calle y desafió a la madrugada.

Casi al mismo tiempo en que se cerraban las puertas de Santa María la Nueva comenzaba a sonar el “Merlú” por las calles. Su sonido agudo y bronco convocaba a los zamoranos a una nueva procesión. Mientras, el gentío iba abarrotando la Plaza Mayor y los aledaños de la iglesia de San Juan. Faltaba casi una hora para la procesión y comenzaban a llegar los pasos desde el Museo hasta Ramos Carrión, donde esperarían para incorporarse al desfile procesional.

El primero, la Caída, con su Nazareno de rostro hermoso bendiciendo un año más la tierra zamorana con el solo roce de su rodilla. Recibiendo las devociones del pueblo cuando pasaba mecido suavemente a hombros de sus cargadores. Detrás, Redención. La oración hecha madera, la madera vuelta a la carne. La Zamora cirinea que quisiera sostener el peso de la Cruz; las lágrimas que riegan la tierra y el recuerdo siempre de los hermanos que nos faltan.Y más allá las Marías, imponentes, macizas, caminando hasta la Cruz, rodeadas de sus cargadores con el pañuelo verde en el cuello y la emoción de una nueva carrera en los rostros. Les seguía el Nazareno de la Congregación con la Cruz a cuestas y el pie desnudo; coronado con espinas, floreciendo a su paso lirios morados y rosas rojas, con su mano extendida hacia el mundo y la mirada mansa de quien cumple el último trayecto y asiente.

Allí, a su vera, estaba la Verónica, sobre un trono de rosas y amores, consolando la madrugada con su pañuelo santo al viento; con las velas encendidas en las tulipas iluminando el mohín tierno de su rostro, la carretera ondulada que traza su cabello, el beso carmesí de cada madrugada.



Y más allá la Desnudez, con la Cruz también desnuda en el suelo esperando a que los sayones desvistan al reo para ser crucificado con las primeras luces de la mañana. La Cruz sobre la que resonaban los clavos y el martillo sin misericordia. La Cruz que se alzaba al cielo igual que se eleva sobre los hombros de los cargadores, que realizan en la madrugada el esfuerzo supremo, la carrera más dura, la más emotiva, la que asciende por los adoquines de un Calvario asentado en la parte más nueva de la ciudad, allá donde un día estuvieron los campos de Pantoja.

La Cruz flanqueada por la Madre y el discípulo amado en el momento de la Agonía, con la dulce Magdalena abrazada a sus pies, como si quisiese calentar con su aliento el frío rigor del madero

Y dieron las cinco. Y sonó el Merlú y se abrió la puerta de San Juan. Dentro, la emoción contenida de los cargadores del “Cinco de Copas”, que un año más se disponían a llevar sobre sus hombros a Jesús camino del Calvario mientras la Banda de Zamora interpretaba la marcha de Thalberg, el himno fúnebre que nos recuerda que esta tierra vive cada madrugada de Viernes Santo; que la ciudad dormida despierta, y siente y late cuando comienza en San Juan el milagro repetido de cada año, el rito, el baile pausado, las gentes apretujadas en la puerta de la churrería. Fuera, el redoble primero de la banda de cornetas y tambores de La Congregación, que fue saludada con júbilo por miles de gargantas con las cruces en alto. La procesión arrancaba, Zamora vestía la túnica de laval y el caperuz romo y encaminaba sus pasos hacia las Tres Cruces.


Cerraba el cortejo la Virgen de la Soledad, bellísima con el manto antiguo recuperado el pasado año, ensimismada en su pena, preciosa con las primeras luces del alba, arropada en la caricia de flores blancas y moradas, buscando en las aceras a Félix Gómez, quien durante cuarenta y siete años nunca la dejó Sola, primero con el orgullo de mecerla en sus hombros y después mostrándole el camino cada madrugada, cada Sábado Santo, para dejarla seguir soñando por las calles de la ciudad que la venera como Reina sin necesidad de coronas. Tras Ella, la Banda Maestro Nacor, prestándole la dulzura y la solemnidad de la música que animaba a llevarla en volandas por las calles.

Eran las siete y la comitiva llegaba hasta las Tres Cruces. Una hora después, el Obispo de la diócesis quiso seguir a la Madre mientras los cargadores zamoranos la reverenciaban, antes de emprender el camino de vuelta y llegar hasta la Plaza Mayor, a las once de la mañana, donde los pasos dieron la vuelta con los acordes de Thalberg y una impecable organización. Después, los grupos se encaminaron hacia el Museo –donde el límite de tiempo estipulado para los cargadores no sólo no restó brillantez al baile último de los pasos, sino que contribuyó a mejorar la organización de la procesión a la hora de recogerse-, mientras la Soledad se quedaba en San Juan al cuidado de sus Damas para cambiar el bordado de oro por el paño sencillo. En ese momento, centenares de cruces se alzaban al cielo como si fuesen el negro beso de la mañana más triste, la caricia de sus cofrades antes de despedirla hasta que asome el próximo año bajo el rosetón de San Juan y Zamora de nuevo se eche a la calle para acompañar a Jesús en su camino al Calvario y besar a la Madre mientras le sigue absorta, desbordando de ternura y belleza la madrugada.

Foto: Maria de la Luz Nieto

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