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La Mañana a Secas (2007)

Las calles olían aún a la cera penitente de Jesús Yacente cuando sonaba el primer Merlú, llamando a los hermanos de La Congregación, convocando a vivos y muertos a acompañar a Jesús camino del Calvario. Despertando a la Zamora nazarena, la de la túnica de laval y la cruz al hombro. La Zamora de los pasos a hombros, la de las almendras garrapiñadas; la que ríe, la que sueña, la que reza, la que acompaña. La que sube al humilladero de las Tres Cruces para reverenciar a la Soledad en la madrugada del Viernes Santo. La del relente de las siete de la mañana, el cielo clareando, el orujo y las sopas de ajo para entonar el cuerpo. Zamora santa aguardando la luz del día.

Las calles aún a oscuras. El bullicio lejos, muy lejos, aunque estuviese al lado. El bullicio de esa noche, de esa madrugada, no es mi Semana Santa. No es nuestra Semana Santa, la de los que compartimos esta página; la de los que nos abrazamos antes de que levantéis los pasos en la plaza del Museo; la de los que nos emocionamos mientras abandona San Juan el “Cinco de Copas”. La del bullicio no es la de los que contamos las cruces que se perfilan el cielo clareando: primero sobre el hombro del Nazareno, después rozando el suelo en “La Caída”; después horizontal, mientras clavan a Cristo en sus brazos; más allá, en plano inclinado, cuando la elevan con unas poleas, y por último, en vertical, con Cristo agonizando mientras Juan y María lo sostienen con la mirada.

No es la madrugada de Viernes Santo que nos enseñaron en casa, la que aprendimos de nuestros mayores. No es la madrugada de los hombres y mujeres que llevamos La Congregación en el corazón.
Hombres y mujeres, digo bien, aunque a nosotras no nos dejéis vestir esa túnica que cambia de color a medida que llega el día. La que vistieron nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos. Da igual. Hombres y mujeres nos echamos a la calle, acompañamos al Nazareno, aliviamos el peso de su Cruz; la abrazamos como esa hermosa Magdalena de la Agonía.

Aunque no podamos arrimar el hombro y hacer con vosotros la carrera. Eso no nos lo pueden arrancar, porque lo llevamos en las entrañas; eso, sentir, nunca nos lo pudieron prohibir. Nosotras también llevamos La Congregación por las venas, jugamos a las procesiones desde niñas. Vestimos la túnica en sueños, o a escondidas; nos probamos el caperuz romo de nuestros hermanos; nos ceñimos el cíngulo de esparto y guardamos de nuevo la túnica en su sitio, envejeciendo de años, destiñéndose de lutos, empapándose de madrugadas. Soñamos con la oscuridad y la penitencia de una mesa, con el paso corto y elegante, contenido, pasito a pasito, que siempre caracterizó a esta tierra. Y deseamos irnos un día arropadas en ese laval que no vestimos en vida, pero que también queremos de mortaja. Por tantas madrugadas sintiéndonos parte de esa Madrugada. Por la emoción que compartimos cuando arranca la procesión y suena la banda de cornetas y tambores, y escapa un grito que es la voz de esta tierra, la alegría de ver de nuevo a La Congregación en la calle.

Que nadie se rasgue las vestiduras. Cargamos desde las aceras, hacemos la reverencia si cerramos los ojos. Levantamos los pasos con sólo contener la respiración y escuchar; escuchando solamente el Merlú anunciando el primer Thalberg. Respetamos la consigna. “Oído, ¿estamos? Una, dos, tres” para abrir las puertas de San Juan.

Nosotras también dialogamos con la madera de cada paso. La Congregación es nuestra procesión. La Mañana es nuestra mañana. La del Nazareno que nos mira y extiende su mano para que no lloremos por El, sino por nuestros hijos. La del Jesús esculpido en majestad que alza la mirada pactando la redención del mundo a cambio de su sacrificio. La de la María Magdalena que esparce sus cabellos por el suelo; la del Cireneo que sostiene, que quiere compartir el peso y el suplicio. La mañana de las rosas de la Verónica que vienen a mis manos después de la procesión; la de los claveles sobre la lápida del amigo que se nos fue. La mañana del Niño de los Clavos, del rostro hermoso de Jesús Caído, de los brazos extendidos de la Madre. La del martillo y los clavos sobre la madera, la de la cuerda en tensión. La mañana de las jóvenes ilusiones que han recuperado los pasos a hombros, perpetuando la tradición se siglos, la que nunca se perdió. La de Cristo despojado de sus túnicas, a hombros de quienes comparten otra carga, otro momento, otras andas. La de la Soledad con su manto antiguo bordado en oro, tan preciosa, con las mujeres que la velan como siempre se hizo, con el rostro descubierto, con humildad y silencio detrás de Ella. Es la mañana de los apretujones en la Plaza y en el Museo; la del desayuno –chocolate y churros- compartido con quienes queremos tener siempre a nuestro lado, siempre cerca; la de las lágrimas, la del corazón que sigue cada escena, cada paso. La mañana de las cruces alzadas en señal de despedida.




La Congregación es nuestra procesión. La de los niños forrados de ropa que terminan el desfile en los brazos de sus padres. La de los pies descalzos sobre los rastros de vidrio, por encima de la desvergüenza de quienes vienen a no compartir, a no desentrañar lo que esta mañana supone para los zamoranos.

Un año más Zamora vivió su madrugada; la madrugada de los cargadores. La que no puede quitarle nadie. La más zamorana, la más larga, la más auténtica. Desde dentro, desde siempre. Zamora vistió la ligera túnica de laval, acompasó su corazón a Thalberg. Acompañó a Cristo por las calles, lo ayudó a subir a la Cruz y dejó a la Madre en San Juan. Y se quedó pequeña para el paso de La Congregación mientras unos dormían y otros no se enteraban, o no se querían enterar, del milagro que vivimos en esta ciudad cada amanecer de Viernes Santo. La cofradía de Jesús Nazareno estaba en la calle. La Mañana, a secas, porque no existe otra mañana igual en el calendario. La Mañana santa y mágica en que vivos y muertos acuden con la cruz al hombro a la llamada del Merlú y cumplen con la fe de siglos, con el sentimiento que mantiene vivo a este pueblo.

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