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Cuando Despunta el Alba

A mi abuela Carmen, por tanto amor como nos dejó en prenda.

Desde las ventanas de “La Golondrina” casi se tocaba la iglesia de San Juan. Allí, desde aquellos miradores privilegiados, contemplé siendo una niña la salida del “Cinco de Copas”. A las cinco. Cuando despuntaba el alba.
Y antes que yo, muchos antes, otros niños, que casi echaron los dientes debajo de los pasos, al pie mismo de la Virgen de la Soledad, en cuyos brazos se quedó dormida mi abuela un día frio de febrero.
Por eso, por esas cosas que no se cuentan y que cada uno guardamos en el alma, la madrugada del Viernes va en nuestro corazón. Por eso La congregación es la procesión más querida, la más auténtica, la más zamorana. La madrugada de los cargadores, de los abrazos y las lágrimas. Por eso el Nazareno se rompe la espalda bajo la Cruz, como uno más. Por eso la Verónica, tan guapa, le enjuga en amores el rostro poniendo a toda Zamora por testigo de la verdad del milagro.
La madrugada de Thalberg, la de la noche fría, las primeras luces en el Calvario. A mí me emociona profundamente ver el tumulto de la plaza, el revoltijo de cofrades, el inmenso bosque de cruces que abraza a la Soledad. Por eso es santo de verdad este amanecer. Y me emociona presentir el padrenuestro antes de levantar el paso, la tensión en cada musculo y el esfuerzo que queda oculto a nuestros ojos, cuando los hombres de esta tierra nuestra echan sobre sus hombros el peso de cada escena de la Pasión, el dolor sereno de la Madre, la compasión en la mirada del Hijo, tallado a impulsos del corazón.
Es la madrugada del Jesús Caído, de mirada tan dulce, la del Niño de los Clavos, que olvido su inocencia en algún punto del camino. La de las Marías, que riegan la calle con su desconsuelo. La del Hombre de anatomía portentosa que pregona en madera la Redención. La de María Magdalena, abrazada a la Cruz donde Dios, ya despojado de sus ropajes, se nos va muriendo.
La madrugada de las garrapiñadas, la de túnica pobre y liviana. La más larga, la más bonita. La del “Merlú”, perpetuado en bronce para que no se apague su llamada, para que no duerma esta ciudad nazarena que no deja de cargar con sus culpas.
La madrugada en que pienso que desde las ventanas del cielo también se ve la iglesia de San Juan. Y que allí se asoman todos los zamoranos que habitan en lo alto. A las cinco. Cuando despunta el alba.


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